Resumen.
Ningún destino de inversión ilustra mejor la importancia de gestionar el riesgo político que China. Durante los últimos 25 años, las reformas económicas del Partido Comunista de China han abierto las puertas a enormes flujos de inversión extranjera, han generado un crecimiento casi milagroso, han sacado a cientos de millones de personas de la pobreza y han impulsado a las empresas chinas a la escena mundial. Pero la economía del país y las empresas extranjeras que dependen de su vitalidad son especialmente vulnerables a las crisis externas, como los picos de los precios mundiales de las materias primas (especialmente la energía), las epidemias, los disturbios políticos regionales y el sentimiento proteccionista en el mundo occidental. Los disturbios políticos nacionales también representan riesgos: el rápido crecimiento; la dislocación de decenas de millones de personas debido a que las empresas estatales han despedido a sus trabajadores; el enfado público por la redistribución de la tierra; las crecientes brechas de riqueza y los graves accidentes industriales, incluidos los derrames tóxicos, han alimentado la inestabilidad social. Esta volatilidad tiene el potencial de forzar la adopción de medidas gubernamentales radicales, como el gasto social a gran escala o la represión sistémica; generar disrupción en las cadenas de suministro, poner en peligro los activos fijos y erosionar la confianza de los inversores.